La selección de los polos industriales del plan de desarrollo de 1964: el ejemplo del valle del Duero

De los polos de desarrollo a Castilla y León, la herencia territorial del franquismo

Han pasado cinco décadas desde la muerte de Franco y los efectos del franquismo siguen siendo objeto de un intenso debate. Con frecuencia, se menciona una España atrasada en comparación con Europa, los efectos de la dictadura en una sociedad oprimida o una economía que, aunque mostró signos de pujanza, era profundamente vulnerable y dependiente.

Entre todas estas herencias, hay una que afectó al territorio de manera decisiva: el esquema territorial que dio forma a la España de las autonomías. Lejos de ser una invención espontánea de la democracia, el Estado autonómico fue la solución que el régimen del 78 diseñó para gestionar un conflicto territorial que el propio desarrollismo franquista había ayudado a reavivar.

Para entender esta compleja ecuación, la obra «Un Haz de Naciones» de Xabier Domenec resulta fundamental. En ella, se explica cómo en el proceso autonómico convergieron tres visiones distintas sobre cómo debía organizarse España:

  1. La visión comunista: Defendía la existencia de cuatro naciones dentro del Estado: Cataluña, el País Vasco, Galicia y el resto de España. Esta perspectiva partía de un reconocimiento explícito de la pluralidad nacional.
  2. La visión federal: Desde un marco común español, entendía que el país estaba compuesto por distintas nacionalidades y regiones. España era concebida, en la práctica, como una suerte de federación incompleta o una nación de naciones, siendo esta la visión predominante en el PSOE.
  3. La visión tecnocrática: Esta es, quizás, la más sorprendente y menos conocida y era la que defendieron los sectores de derechas. Bebía directamente del «regionalismo sano» y de la labor de los técnicos que gestionaron los llamados polos de desarrollo. Su enfoque no era cultural o nacional, sino práctico: España necesitaba una descentralización administrativa y económica para ser más eficiente y moderna.

El resultado de una mezcla inesperada

El mapa autonómico que conocemos hoy es el fruto de la confluencia de estas tres corrientes. No fue el triunfo de una sola, sino la solución híbrida que logró encauzarlas. Y es aquí donde reside una de las claves para entender las diferencias entre las comunidades autónomas.

Algunas de ellas, sin duda, están más marcadas por esa tercera visión, la tecnocrática. Es el caso de varias autonomías «de interior», cuya creación respondió en mayor medida a una lógica de planificación económica y descentralización administrativa que a una reivindicación identitaria previa.

Por ello, para comprender a fondo la España actual y las asimetrías de su modelo territorial, es imprescindible acercarse al proceso de los polos de desarrollo. Esa herencia tecnocrática, a menudo olvidada, nos demuestra que los cimientos de nuestro Estado autonómico son más complejos y están más entrelazados con el pasado de lo que a veces creemos.

El caso de los polos de desarrollo del Valle del Duero

El trabajo que os compartimos aborda la cuestión de los polos de desarrollo en el Valle del Duero, que finalmente resultaron ser Burgos y Valladolid.

El proceso de selección de los polos industriales en el valle del Duero reveló un marcado contraste entre la elección técnica y la política. Valladolid fue la opción indiscutible por su sólida base industrial y conexiones políticas, solo hubo que poner «a su lado» un cojunto de provincias de segunda a las que en teoría beneficia el desarrollo de Valladolid. Mientras, Burgos arrebató in extremis la designación a Aranda de Duero, candidata favorita de los informes técnicos, debido a presiones políticas que primaron sobre los criterios de eficiencia. Este reparto centralizado en las capitales más dinámicas relegó al resto de provincias a un papel marginal, como ilustran los casos más extremos de Soria y Cáceres, cuyas inclusiones en los estudios respondieron a una lógica de compromiso territorial; Soria fue analizada dentro de la zona de Aragón y Rioja como una provincia periférica, y Cáceres fue añadida tardíamente al estudio del Noroeste, actuando ambas como meros elementos de relleno en una planificación que, lejos de buscar un desarrollo regional equilibrado, consolidó las desigualdades preexistentes.

Aun con ello, la presencia de la imagen de Castilla y León en las distintas propuestas previas de regionalización, 20 años antes de la formalización de Castilla y León como comunidad autónoma, revelan la existencia de una propuesta territorial que emergió de las entrañas del franquismo y que tuvo una influencia sin duda poco desdeñable en lo que sucedió décadas después.