Una invitación castellana

Neoliberalismo y posmodernidad son una pareja que nos ha acompañado las últimas décadas de civilización. Una pareja que se ha ido complementando, ayudando mutuamente a evolucionar y crecer. La pareja se esparció por una tierra plana en unas décadas de tiempo líquido. El terreno de juego de esta pareja es la sociedad. Sin embargo, el juego de neoliberalismo y posmodernidad ha dejado su huella más allá de la sociedad, configurando un metabolismo social que ha comprometido la existencia de la era geológica en la que nos encontrábamos. Del mismo modo, el año en curso se recordará como una manifestación vívida de cómo nuestra vida, nuestra sociedad y su “entorno” bio-físico se relacionan con efectos bastantes concretos: los incendios, la pandemia, la guerra por los recursos…

Neoliberalismo y posmodernidad es como conocemos a la fase actual de nuestra civilización en la que se dan dos procesos en paralelo. Primero tenemos una dinámica económica que ha quemado las naves del sistema productivo que permitió su despliegue: la financiarización y la microelectrónica han acelerado los procesos de acumulación-desposesión así como la aparición de rupturas disruptivas en el orden social. La marca de esta dinámica se ve en las vidas personales definidas por la precariedad, en las sociedades afectadas por una inestabilidad cronificada y en un sistema-mundo que se rompe. En segundo lugar, se ha consagrado una ola de diferencias que han transformado la cultura y, en consecuencia, la interpretación de la realidad que hacemos como sociedad. La combinación de una realidad cambiante  y una desintegración de las referencias culturales nos ha dejado un campo yermo para la asociación colectiva. Resumiendo, se podría decir que en las últimas décadas hemos perdido las certezas.

En la difusa geografía castellana encontramos claros ejemplos de lo que supone esta falta de certezas. La realidad de las clases trabajadoras en el centro peninsular es ejemplificadora de esa dinámica que ha triturado tanto las condiciones de vida existentes como todo referente colectivo. La modernidad industrial tardía eliminó tanto la comunidad agraria como su envoltura cultural. Por descontado, la trituradora neoliberal y posmoderna ha licuado toda pertenencia de clase dejando islotes inconexos entre las cadenas de subcontratación y una organización obrera debilitada y, consecuentemente, dividida. Por otro lado, la conflictiva construcción nacional española ha desdibujado los contornos de una Castilla desnacionalizada y consignada a los libros de Historia. Estas condiciones se solapan con una dinámica migratoria masiva  con dos movimientos: del campo a la ciudad y de la ciudad a la gran ciudad. Como consecuencia tenemos a varias generaciones cuyo único referente colectivo es un nacionalismo español que además de ser geográficamente endeble, está cautivo de una concepción imperial con un marcado signo político.

 

Sería fácil omitir la importancia de estas consideraciones simplemente ignorándolas, limitándonos a nuestros asuntos cotidianos, a nuestras preocupaciones habituales. Pero los años pasan y crisis tras crisis la rutina militante pesa y nos atrapa, necesitamos nuevos mapas con los que hacer camino. El conglomerado de españolismo, posmodernidad y neoliberalismo supone un cortafuegos que aísla cualquier iniciativa rupturista, cualquier conato de organización, rebelión y construcción popular. Esta situación explica por qué las iniciativas políticas antagonistas se ven rápidamente limitadas a lo local y dentro de lo local, a lo marginal y a lo autoreferencial. Desde los centros sociales hasta las candidaturas electorales. Para salir del bucle es necesario repensarnos. Necesitamos más teoría crítica para romper con los rígidos esquematismos economicistas con los que aprendimos a militar y con la hegemonía de una postmodernidad liberal que es simplemente una mala versión de la modernidad. Lo necesitamos para saltar la trampa que nos impide dejar de hacer política en la fragmentación para poder reconstruir sujetos colectivos que sea agentes de cambio.

El proceso de reconstrucción de sujetos colectivos se estructura en torno a subjetividades, dispositivos simbólicos y cognitivos que simplificadamente podemos llamar cultura. No hay posibilidad de ser grupo sin la existencia de cultura de grupo y en esta afirmación queda encerrada la llave de la creación de alternativas sociales. La pregunta adecuada entonces es ¿Cuál es la cultura que permite instituir comunidad, interdependencia o libre asociación? Aquí está la piedra de toque de nuestra actividad política. La despreocupación histórica que hemos manifestado por responder a esta pregunta ha sido una necedad y ahora se convierte en un asunto urgente. La repetición automática de esquemas culturales ya existentes nos ha atrapado en la maraña de nodos fragmentados que el neoliberalismo y la posmodernidad han tejido en nuestra sociedad. A modo de ejemplo, sirva esta brevísima revisión de las categorías más habituales, todas fértiles, pero todas insuficientes:

 

-La primera es la clase. Enarbolar la consciencia de clase como artefacto cultural que nos adscribe a una tradición política es la rutina de quienes se reclaman herederos de la AIT de 1864 en cualquiera de sus variantes. El problema de este proceso es que se confunden, por un lado, la realidad innegable que es la existencia de clases sociales con, por otro lado, un análisis certero de la centralidad de la categoría de clase social en todos los conflictos sociales y, por último, la existencia de una percepción colectiva de pertenencia a una clase y con consecuencias políticas. La limitación de este culto obrero es evidente en nuestro tiempo, habiendo quedado estéril ante una clase trabajadora realmente existente fragmentada, diversa e inconexa internamente por el proceso dual de recombinación material y diferenciación cultural que se ha producido en las últimas décadas.

 

-La segunda es el territorio. La geografía humana genera innegables variedades materiales y culturales que coexisten en la realidad. Sin embargo, la relación entre esta geografía y las certezas que generan son de nuevo plásticas, cambiantes y a la vez completamente concretas. La pertenencia a las realidades geográficas está definida por una conflictiva generación de imaginarios espaciales de tres tipos: localistas-inmediatos e instintivos-, contrapuestos a los imaginarios nacionales – la escala predilecta de la modernidad- y ambos en continua contradicción con una concepción del mundo universalista que es consecuentemente cosmopolita.  La inestabilidad actual ha desintegrado muchos de estos anclajes geográficos, en unas ocasiones por la propia desaparición física de los lugares y en otras ocasiones por la mutación de los significados.

 

-La tercera es la ciudadanía. La ciudadanía es el concepto clave de la modernidad política y sin embargo, es una categoría dependiente de los sistemas culturales en los que se integra. La ciudadanía ha estado sistemáticamente subordinada a la existencia de dispositivos culturales como la nación, la clase, el género o raza. En todo caso, el principal problema de la ciudadanía es que la existencia de clases sociales ha eliminado cualquier posibilidad de materializar la concreción real del concepto ciudadanía que existe sobre el papel.

 

-La cuarta es el conjunto de identidades particulares basadas en el individuo. Bien por la inexcusable materialidad de nuestro cuerpo, bien por efecto de los dispositivos culturales propios de la modernidad, es un hecho que la proliferación de pertenencias basadas en la adscripción individual a un aspecto diferenciador es uno de los procesos que más ha marcado la cultura contemporánea. La individualización de categorías colectivas tan dispares como la nacionalidad, el género, el sexo, la raza, la sexualidad o la capacitación ha resultado un terreno infértil para el despliegue de referentes colectivos,  cuando no un intento fallido de recuperar las categorías impuestas por las estructuras de dominación.

Las limitaciones de estas categorías para quienes trabajamos en la construcción de organización popular, de asociación colectiva y de movimientos antagonistas nos son de sobra conocidas. Lo que aquí entendemos es que enunciar verdades no supone lo mismo que hacerlas compartidas y que la centralidad de nuestro trabajo político está en poner en común una misma percepción de la realidad. Hay por tanto un trabajo pendiente en reconsiderar las certezas de las que partimos para generar pertenencias a nuevas institucionalidades que puedan gestar nuevas formas sociales sustitutorias. Este trabajo es, para bien o para mal, únicamente nuestro.

Esta tarea de discusión, análisis y reconfiguración de conceptos y dispositivos culturales entendemos que debe hacerse de forma encarnada, esto es, partiendo de nuestra particularidad para poder aspirar, en un segundo movimiento, a la totalidad. Para ello es necesario en primer lugar aceptar nuestras posiciones de partida y en segundo lugar reconocer la existencia de otras posiciones con las que entrar en diálogo de manera previa a poder practicar la asociación. De ahí el ejercicio de pragmatismo que supone lanzar la invitación al debate desde lo castellano. Castilla es una realidad ambigua, abstracta y difusa y sin embargo, o tal vez por esa razón, ocupa la escala geográfica en la que es imprescindible intervenir para poder actuar con eficacia política. A su vez, lo castellano es un concepto que opera en varias dimensiones –históricas, geográficas, económicas, culturales…- cuyo potencial está encorsetado por el gran relato de la hispanidad imperial. Aquí es en donde interviene el rico abanico de conceptos y categorías que recibimos de la descolonización y el pensamiento postcolonial y que sirven como palanca para pensarnos. Esto no significa consumir teorías, adoptar conceptos exóticos y añadirlos a las rutinas que ya teníamos. Lo que necesitamos de lo descolonial son metodologías para replantearnos nuestra posición en el mundo y en la historia, como ya están sirviendo en otros territorios.[1] Necesitamos herramientas para repensar nuestra historia y descubrir cómo los mismos mecanismos de la modernidad que permitieron el despliegue imperial por el mundo dejaron su huella en nuestra sociedad. Para redefinir el potencial colectivo que tiene lo castellano en la actualidad, confrontado con el nacionalismo español dominante sin caer en la simple sustitución de un nacionalismo por otro, que nos permita construir un nuevo internacionalismo con el que interactuar con otros pueblos.

Esta contradicción entre una materialidad social, ecológica y territorial y una subjetividad hurtada es la que queremos empujar desde espacio como el I Seminario de Pensamiento Descolonial y Estudios Castellanos. Sirvan estas líneas como invitación.

abrigaño – grupo de estudios castellanos

Publicado originalmente en Nuda Vida

 

 

[1] Ponemos de ejemplo la recepción andaluza que pone en práctica Javier García Fernández en Descolonizar Europa. Ensayos para pensar históricamente desde el sur (2018, Ed. Brumaria).

 

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