De la guerra de las comunidades al mito comunero

2021 es un año de aniversarios. Hace 10 años de las primaveras árabes, el 15M o el movimiento Occupy. Hace 150 años de la Comuna de París. Y hace 500 años de la derrota del bando comunero en Villalar de los comuneros. Las revoluciones son sucesos convulsos cuya relevancia histórica supera los hechos ocurridos y se convierten en puntos de bifurcación, en el origen de una línea de tiempo distinta. Las revoluciones del pasado son el inicio de muchos “y si…” que nos permiten imaginar nuevos mundos.

Este año nos encontrarnos con el eco de estas revoluciones en forma de batalla por el relato. El relato, ese concepto sacado del análisis retórico y puesto a circular en la opinión pública como si fuera un objeto de brujería populista y posmoderna. El relato que consumimos de las revoluciones del pasado es el marco de interpretación de lo posible, el límite de los “y si…” que podamos plantearnos. Los 500 años de la batalla de Villalar son el aniversario que más temprano ha hecho sonar los tambores de esta otra guerra de lecturas. La maquinaria institucional de las cortes de Castilla y León a través de la antigua Fundación Villalar (ahora Fundación Castilla y León, por obra de Ciudadanos) se puso en marcha promoviendo varios actos de conmemoración institucional. Por otro lado, aparecen brillantes contribuciones para la interpretación del fenómeno y su legado, como los libros Comuneros, entre el rayo y la semilla de Miguel Martínez o La historia en clave comunera de Fidel Cordero. Mientras, la pandemia acabó con la posibilidad de una celebración en la campa de Villalar que permitiera un evento a la altura de las circunstancias. Sin embargo, lo relevante más allá de las escenificaciones llevadas a cabo son los guiones que tienen por detrás. Los relatos que nos trasladan.

Comuneros liberales

La primera gran relectura de la rebelión comunera en clave de relato político se da en el contexto del primer liberalismo español, en los inicios del siglo XIX. La potencia de un movimiento que respondió a la monarquía hispánica que imponía a un extranjero era suficiente para explicar de forma clara la distinción entre la nación y el rey, entre soberanía y soberano. Con esos hilos se teje una bandera que será la que se levante durante motines, algaradas, insurrecciones y revoluciones a lo largo de todo el siglo XIX. Es la bandera de una España liberal y progresista que va dando paso a la España republicana y federal.

Desde El Empecinado y su asociación con la sociedad Los hijos de Padilla se populariza un color morado que identifica al bando que ha asociado la idea de comuneros con la idea de una España democrática. La principal aportación de la revuelta de 1520 queda encorsetada a la idea de la nación política, vector de la modernidad europea que configura el sistema político que se encumbraría con La gran transformación de la que habla Karl Polanyi. Sin duda, en la guerra de las comunidades se puede leer una inspiración proto-nacional en la que coinciden muchos análisis.

La lectura de la revuelta comunera como una expresión de patriotismo contra una élite extranjera resuena desde 1808 y se puede encontrar en varios pronunciamientos en torno a 1936. Incardinados en la tradición progresista, es habitual encontrar referencias a los comuneros en discursos de fuerzas republicanas[1], comunistas[2] y anarquistas[3]. Lo más sorprendente es encontrar que en el bando faccioso también existen referencias a la rebelión comunera que hablan del golpe de estado como una segunda guerra comunera[4] que no se queda en el papel: en 1937 el cambio de callejero de Valladolid incluyó, junto a las calles Dos de Mayo o Dieciocho de Julio, las calles Padilla y Juan Bravo (esta última sobre la anteriormente conocida como calle Primero de Mayo).

Comuneros castellanos

Pero la lectura liberal de los comuneros no es la única que llega a nuestros días. El otro gran relato que les envuelve tiene que ver con la Castilla que sobrevive al siglo XIX. ¿Qué es Castilla más allá del concepto geográfico hueco o de un reino histórico? Castilla, como la rebelión comunera, es una semilla que no germinó. Aún.

La industrialización española del siglo genera una geografía económica desigual en la que Cataluña y Vizcaya se convierten en los principales polos industriales, mientras que el resto de territorios del interior peninsular se van lastrando pendientes de la inversión extranjera, de las infraestructuras y de las desamortizaciones. De aquella geografía hay trazas que hoy perviven, pero queda lejos de la realidad pensar que la geografía económica peninsular de hoy es consecuencia directa de aquel primer episodio de industrialización.

Hubo una primera industrialización castellana construida sobre la transformación que supuso la combinación de infraestructuras –Canal de Castilla y ferrocarriles– y desamortizaciones –mercantilización de la tierra y proletarización de la población–. Esta industrialización estuvo protagonizada por la llamada burguesía harinera y en torno a su génesis se dio toda una constelación de proyectos territorialmente bien definidos: desde la prensa –como el periódico El Norte de Castilla (1854-actualidad)– hasta la banca –como la Sociedad de Crédito Castellano (1862-1889)–. No podía faltar un proyecto político que fluyera en paralelo a los que germinaban en una España que no había terminado de fraguarse. Es en este contexto en el que se dan iniciativas como el Pacto Federal Castellano de 1869, una expresión política que aglutinaba, bajo la dirección de esa burguesía harinera, la representación de 17 de las provincias del mapa político español nacido en 1833. Sin embargo, esta burguesía dependía como ninguna otra de la aventura colonial española en América y la industria que impulsó no pudo sobrevivir a la crisis del régimen de finales del siglo XIX. El declive de esta industrialización a partir de final de siglo permite construir un imaginario en torno a lo castellano como una realidad vetusta, rústica, colapsada… unaCastilla en escombros a la que cantaron varias generaciones de poetas.

El colapso del proyecto político propio arrinconó la idea de Castilla sobre algunas ideas vagas sin concreción territorial ni social, desecha en una estructura provincial que borraba las comarcas históricas a la vez que primaba la emergencia de élites localistas. Un tímido regionalismo castellano pretendió con poco éxito configurar otras posibilidades[5] antes de que llegara el franquismo y reconstruyera el imaginario castellano sobre tierra quemada. No es hasta la transición que no se rearma un castellanismo político que, especialmente en Castilla la Vieja, reinterpreta el relato comunero como una expresión, no ya de la nación española democrática, sino de una región castellana clave para un federalismo español. El impacto del poema Los comuneros de Luis López Álvarez, de la celebración de Villalar de 1976 y de La Revolución de las Comunidades de Castilla (1520-1521) de Joseph Pérez reabre todo el imaginario comunero que se populariza a través de la identificación entre lo castellano y lo comunero hasta desdibujar los límites de ambos conceptos. Sin embargo, el diseño constitucional de las autonomías –que impide explícitamente su federación– y urgencia por consolidar el mapa autonómico a partir del 23-F abortó toda posibilidad tanto de una gran comunidad autónoma similar a la del pacto federal castellano de 1869 como de una dispersión en regiones “historificadas” –Castilla la Vieja, Región leonesa, la Mancha…–. En su lugar, se optó por las preferencias de las élites de cada provincia –incluidas las preferencias ‘unionistas’ de las élites leonesas– cerrando bajo siete llaves el mapa autonómico español. El castellanismo se convirtió así en una expresión más de los proyectos fallidos de la transición, junto con toda una constelación de proyectos rupturistas y revolucionarios borrados del tablero político.

Comunerxs

La llegada del siglo XXI y la pervivencia de un mito comunero, especialmente imbricado con la lectura de Castilla que pervive desde 1976, enlazaron con las nuevas reinterpretaciones del fenómeno comunero. La hibridación entre el castellanismo y la tradición de izquierda rupturista dio lugar a un espacio político hoy ocupado principalmente por Izquierda Castellana y Yesca, pero que ha abierto otras recepciones del fenómeno comunero.

En primer lugar, hay que destacar la lectura anticolonial de la guerra de las comunidades, que trasciende la mera interpretación de la rebelión comunera como revolución moderna proto-nacional y la pone en el inicio de la resistencia contra un nuevo fenómeno global: el sistema colonial. Esta lectura permite enlazar el espacio político del castellanismo de izquierdas con la teoría decolonial que acompaña los procesos populares de América Latina e incluso extender el análisis del colonialismo en Castilla con el concepto colonialismo interior[6].

Pero esa no es la única recepción novedosa. La propuesta del municipalismo libertario de Murray Bookchin reinterpreta la guerra de las comunidades como una manifestación de una lógica territorial distinta a la que daría lugar a los Estados nacionales[7]. La propuesta municipalista de este americano, aunque es extraña a la tradición libertaria ibérica, es muy relevante por su influencia política de organizaciones como Ecologistas en Acción. En estas décadas de siglo XXI esta lectura municipalista se ha imbricado con una recuperación de la importancia de los comunales y otras formas de propiedad colectiva precapitalistas muy difundidas entre el espacio político libertario que ha renovado el interés por la rebelión comunera como una primera expresión de resistencia ante una nueva forma de dominación.

El relato comunero está lejos de agotarse y este aniversario se ha convertido en un campo de disputa más en el que la guerra de las comunidades estimula imaginarios más allá de los sucesos históricos. Dice el himno del castellanismo político, el Canto de Esperanza, que Castilla no se ha vuelto a levantar. En esta la batalla por el relato entre la visión liberal de los comuneros, su patrimonialización por parte del regionalismo castellano o su recepción como iconos anticapitalistas abre el espacio de lo posible para nuevos “y si…”.

Gabriel Juncales es colaborador de Abrigaño – Grupo de Estudios Castellanos.

Notas

[1] Recientemente se ha publicado un libro que compila sus escritos titulado, nada menos, que Comuneros contra el rey (Ed. Reino de Cordelia, 2020).

[2] “Y los amigos del pueblo son los que continúan la tradición de aquellos hombres que lucharon contra la Inquisición, quienes, como los comuneros, lucharon años más tarde por una situación de mejoramiento para la mayoría del pueblo de España…”. En Díaz, José. (9 de febrero de 1936). La España revolucionaria. Recuperado de: https://www.marxists.org/espanol/diaz/1930s/tadl/04.htm

[3] “Casi tres siglos duró el aplastamiento del espíritu ibérico después de la derrota de los comuneros de Castilla y de los agermanados de Valencia por el emperador Carlos V, y de la liquidación de las libertades de Aragón por Felipe II. ¿Quién podía figurarse que nuestro pueblo estuviese todavía vivo en 1808? En aquella gesta gloriosa de seis años volvió España a entrar en la Historia. Pero en 1823, el tirano abyecto Fernando VII, creador de escuelas de tauromaquia, logró imponer de nuevo su despotismo sobre ríos de sangre y martirios infinitos. Desde aquella época hasta julio de 1936, entre guerras civiles, rebeliones populares y períodos de cansancio y de agotamiento, un intervalo de poco más de un siglo, ¿cuántos profetas anunciaron la muerte de España? En 1936 se mostró nuestro pueblo otra vez tal como es, heroico en la lucha y genial en la reconstrucción económica y social, recuperando en pocos meses de libertad el propio ritmo. La derrota de 1939 durará más o menos; pero sólo a costa del exterminio total del pueblo español podrá cambiar definitivamente el espíritu de ese gran pueblo y se logrará sofocar la esperanza de la nueva vida, de la nueva aurora”. En Abad de Santillán, Diego. (1940). Por qué perdimos la guerra. Recuperado de: https://es.theanarchistlibrary.org/library/diego-abad-de-santillan-por-que-perdimos-la-guerra

[4] Véase la tesis de Guinaldo Martín, V. (2015). Identidad y territorio de Castilla y León en la opinión pública de Valladolid: 1858-1939: génesis y configuración del regionalismo castellano. Disponible en: http://uvadoc.uva.es/handle/10324/16801

[5] Una buena aproximación a estos intentos se puede encontrar en Castilla: entre la tradición comunera, el municipalismo y su olvido existencial. Disponible en: https://abrigano.com/materiales-y-documentos/castilla-entre-la-tradicion-comunera-el-municipalismo-y-su-olvido-existencial/

[6] Ponemos, por ejemplo, el siguiente artículo: Castilla entre el colonialismo interno y el colonialismo externo. Disponible en:https://www.diagonalperiodico.net/blogs/aitor-jimenez-y-pedro-jose-mariblanca/castilla-entre-colonialismo-interno-y-colonialismo

[7] Por ejemplo, en Política para el siglo XXI. Incluido en M. Bookchin. La próxima revolución. Disponible en: https://www.viruseditorial.net/ca/libreria/libros/516/la-proxima-revolucion

[Publicado originalmente en Revista La-U. Fotografía de encabezado de Álvaro Minguito]

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