Los incendios que están azotando Castilla son ya normales. No deberían serlo. Pero ya son normales. Arde Chile, Canadá, los Alpes, los Balcanes y ardemos en Iberia. Portugal, Galicia, Cantabria, León y ahora Castilla están abriendo titulares por una catástrofe que ya no tiene nada de nueva.
No vamos a dar datos que ya son conocidos, en un intento de llamar la atención sobre una realidad que ya nos acompaña desde hace años. Lo que creemos que es urgente es aportar luz en la densa neblina del humo, porque será el primer paso para que podamos enfrentar esta nueva realidad. Esto es lo primero que hay que entender. Estamos en otra realidad. Tanto las condiciones climáticas de fondo como las condiciones sociales del territorio son distintas a las de hace 100-200-500 años. Son tan distintas que, a pesar de todo el alarmismo, los datos indican que en España hay ahora muchos menos grandes incendios forestales (GIF) que hace 50 años. Entre 2020 y 2025 se produjeron una media de 34 GIF al año, muy lejos de los 76 GIF que se produjeron de media en el período 1978-1983 o los 81 del período 1984-1989. Por desgracia los GIF de estos últimos años están siendo mucho más destructivos: en el período 1968-2026, 4 de los 5 años con mayor superficie media quemada por cada GIF se han producido en los últimos 5 años.
Hoy en día hay menos gente en los pueblos y precisamente por eso hay menos incendios. Esto hay que dejarlo claro, la gran mayoría de los incendios provocados son debidos a imprudencias cometidas por habitantes del medio rural: cosechadoras, maquinaria pesada no permitida, radiales, quemas de rastrojos, etc. Si a esto le sumamos las lluvias cada vez menos repartidas y las olas de calor cada vez más tempranas y más prolongadas, el resultado es un auténtico polvorín en los montes. Son varios los técnicos que han afirmado estos días que la mayoría de la superficie que ha ardido en el IFLaMierla de Guadalajara era monte que sí se había gestionado los últimos 15 años, tenían infraestructuras de defensa mantenidas, pistas y carreteras con fajas e incluso zonas con pastoreo ovino en extensivo. Hay también fotos aéreas previas al incendio de San Martín de Valdeiglesias donde se ven pistas, cortafuegos y montes gestionados. Las viejas reglas ya no valen, este escenario es completamente nuevo. Ni la prevención, ni la extinción pueden basarse en apagar los incendios de un mundo que desapareció devorado por el calentamiento global y los planes de estabilización del siglo XX.
El nuevo clima es una realidad ya innegable. El calentamiento global es ya totalmente evidente, lo que hace que las condiciones en las que se producen extienden e intentan controlar incendios como el que hemos visto en el norte de Guadalajara, sean completamente nuevas. Incendios de sexta generación como los que ya se padecieron en Sanabria y Tábara en 2022 que se extienden con una violencia imparable saltan cortafuegos, cauces y carreteras sin límite. La extinción de incendios en esta situación requiere de medios que no se están ni pensando, anclados como estamos en un modelo de gestión pública que a lo mejor que puede aspirar es a emular los años 80 del siglo XX y un sector privado indiferente a las catástrofes.
Pero el clima no es todo lo nuevo. Castilla lleva décadas transformándose, reconvirtiendo sus comarcas de espacios densamente poblados a zonas especializadas y mutuamente excluyentes: turismo, bosque, caza, cultivo, urbanización o industria. Estos últimos años hemos dado por hecho que todo lo que ardía estaba abandonado, era «España Vaciada», los incendios de este año están demostrando que nos equivocábamos, zonas muy pobladas (+9000 habitantes en San Martín de Valdeiglesias) están ardiendo con voracidad. Hoy el territorio que habitamos a duras penas se reconoce ya siquiera como castellano bajo las líneas divisorias de la administración del Reino de España (provincias, autonomías). Igualmente, lejos queda la posibilidad de una gestión del territorio apoyada en pobladores residentes, cuyos oficios estuviesen anclados al territorio, que ha sido barrida por las oleadas de modernización del país de los sesenta, ochenta y dosmiles. No hay retorno posible que no sea un deseo alucinado. No podemos volcar la responsabilidad de esta situación en decisiones individuales como «vivir en un pueblo», el problema del campo es un problema de rentabilidad bajo las reglas del mercado capitalista, no de modas. El monte «no se limpia» porque no es rentable, no porque esté prohibido. En Castilla ni siquiera arden «cultivos forestales» aquí no hay plantaciones de eucaliptos y son muy escasas las plataciones comerciales de pino. Lo que estamos viendo arder estos días son especies autóctonas: robles, encinas, pinos, castaños -poco le ha importado al fuego el vergel que era el Valle de Iruelas-.
El reto como sociedad es mayúsculo, aumentar el gasto público para prevención, ordenar el territorio con coherencia, exigir a la JCYL una gestión forestal adaptada a esta nueva realidad (la biomasa forestal ha aumentado muchísimo en 50 años, los oficios vinculados a esos aprovechamientos no son rentables -y no van a volver al menos en un corto/medio plazo- y el calentamiento global prolonga y agrava los efectos del estío en la vegetación):
– Hoy, más que nunca, necesitamos bosques como una de las principales estrategias para la mitigación de los efectos del calentamiento global vía el secuestro de carbono.
– La gestión no va a solucionar el problema de estos fuegos pero sí puede -y debe-anticiparse a sus efectos desastrosos: favorecer paisajes en mosaico, diseñar Zonas Estratégicas de Gestión (ZEG), ejecutar fajas de autoprotección, quemas prescritas, etc.
Así que nos toca pensar en otra realidad que supere las carencias de la configuración actual de un territorio que nos condena a padecer la catástrofe. En general, nos toca pensar nuestro territorio, algo que en Castilla es especialmente necesario, porque sin ello somos pasto de una catástrofe aún peor que los que la estamos padeciendo. La catástrofe de la ignorancia, el desarraigo y la desaparición como pueblo.
(Foto de portada de Juan Navarro https://x.com/i/status/2080980185814303148)

Fotografía de los incendios de Lacanau (Francia) de Maximilien Lamy (AFP)
